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Nadia pensó en Paula. A Tomás le pareció estupendo. Paula tenia 25 años y una mente muy abierta. Tenía unas tetas prodigiosas y una piel satinada. Cabello castaño claro y unos ojos almendrados de mirada limpia. Quedaron a las 9 en su departamento. Para romper el hielo Nadia puso a Pulp y sirvió unos gin tonic. Tomás, sin mayor preámbulo, les preguntó a las chicas si querían bailar primero. Dijeron al unísono que sí, que eso estaría bien, que así el hielo podría incluso derretirse tan velozmente como lo hace en La Antártida. El baile con Pulp resultó muy sensual y los Ramones terminaron de calentar los motores. Intercambio de besos. Más de 80 millones de bacterias intercambiadas a través de su saliva. Roces estimulantes, palpitaciones por doquier. El placer por el placer. El disfrute exponencial. Si dos lo pasan bien en el sexo, imagínese con tres. Paula no era tímida. Besaba a Nadia y después a Tomás. Su generosidad no conocía límites. Tomás estaba muy cachondo. Nadia expectante. Se quitaron la ropa. Los tres desnudos en mitad de la sala, entrelazando las manos, las caricias, las respiraciones. Empezaron los gemidos. Las chicas estaban muy excitadas. Tomás inició la exploración corporal de Paula y ésta, a su vez, investigó por la entrepierna de Nadia. “Sigue, sigue”, pidió. Esa noche, después del sexo tridimensional con el beneplácito de los tres jóvenes, combinaron incluso sus sueños. Y en estos experimentaban el amor exponencial, el deseo multiplicado, la pasión extra limitada. “Así, sí”, pensaron. “Así, sí”

 

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Foto: Camera Eye Photography | Flickr (CC)