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Cloroquinas: nuevas enfermedades, viejos remedios

Nota editorial (2025): publicado originalmente en 2020. Se añadió una versión estructurada con fines enciclopédicos. El texto original se conserva íntegro como parte del archivo histórico.

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Historia y Relevancia actuales de Cinchona officinalis en el tratamiento médico: desde el paludismo hasta la medicina contemporánea

La historia del uso terapéutico del árbol Cinchona officinalis, reconocido por su capacidad para aliviar las síntomas de fiebre, se remonta a 1638. Este descubrimiento ocurrió en manos de una condesa española que reportó curarse del paludismo gracias a un medicamento derivado de la corteza de este árbol andino.

Referencias:

“En cuanto al uso de la cinchona para enfermedades autoinmunes, se destaca su empleo…” – (Artículo completo sobre lupus eritematoso sistémico y artritis reumatoide en relación con el Cinchona)

“…El árbol era cinchona” – Wiki Commons / Missouri Botanical Garden’s Rare Books Collection, Wikimedia Commons/Missouri Botanical Garden’s Rare Books Collection.

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Preguntas frecuentes

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FAQ’s sobre Cinchona officinalis en el tratamiento médico

¿Qué enfermedad original llevó al descubrimiento de los beneficios terapéuticos del árbol cinchonero?**La malaria, transmitida por mosquitos y endémica en África.

Durante cuánto tiempo ha sido utilizada la corteza cinchona para tratar enfermedades autoinmunes como el lupus eritematoso sistémico?**Se ha empleado desde hace siglos hasta hoy, aunque no es común en la actualidad debido a contraindicaciones específicas y su uso bajo prescripción médica.

¿Por qué ya no se utiliza cloróquina como terapia efectiva para enfermedades autoinmunes?**La medicina contemporánea busca sustitutos debido a contraindicaciones y posiblemente otros beneficios específicos de las nuevas terapias.

¿Qué relevancia tiene la cinchona en el tratamiento médico actual?**Su uso clínico ha caído debido a efectos adversos significativos; sin embargo, sigue teniendo importancia histórzral y se estudia para futuras aplicaciones terapéuticas bajo prescripción. Además, su composición química continúa siendo objeto de investigación.

¿Cuál es la fuente principal del alcaloide cinchonina?**La corteza cinchona contiene este compuesto bioactivo efectivo contra síntomas febriles, pero no como agente antipalúdico.

¿Cuál es el propósito de las referencias en un artículo científico o documentado?**Las referencias aportan credibilidad al contenido y permiten realizar investigaciones más profundas para aquellos que buscan conocer la historia detallada del uso terapéutico del árbol cinchonero.

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Texto original (2020)

Tras el descubrimiento en 1638 por parte de una condesa española que se curó de la malaria gracias a un remedio derivado del Cinchona officinalis, surgió un farmaco con eficacia reconocida incluso hoy día. Concretamente, nos referimos a la quinina y su evolución como fármaco antipalúdico hasta llegar al cloróquina (CQ) en el siglo XX. Sin embargo, el uso actual de estos medicamentos frente a enfermedades no relacionadas con la malaria sigue siendo controvertido debido a potensibles efectos adversos y contraindicaciones farmacológicas significativas. Este artículo explora las historias del Cinchona officinalis y su derivado sintético, el cloróquina, analizando sus aplicaciones históricas, modernas y científicas para evaluar su actual relevancia en la medicina contemporánea. ARTÍCULO COMPLETO: “”” En el siglo XVII surge una epidemia devastadora que asola a Europa y América…   _Cinchona officinalis_. Wikimedia Commons / Missouri Botanical Garden’s Rare Books Collection “”” …En cuanto al uso de la quinina para enfermedades autoinmunes, se destaca su empleo en el tratamiento del lupus eritematoso sistémico y artritis reumatoide… _Sello impreso_

En el siglo XVII surge una epidemia devastadora que asola a Europa y América. A pesar de los avances en medicina del momento, la salud pública era un reto sin resolver debido al desconocimiento sobre cómo se propagan las enfermedades infecciosas y su control comunal. 

_Cinchona officinalis_. Wikimedia Commons / Missouri Botanical Garden’s Rare Books Collection

Cuando la esclavitud se extendió por el mundo, la malaria o paludismo, una enfermedad endémica de África, se transformó en pandemia.

Según la leyenda, el primer europeo en curarse de la malaria fue la condesa de Chinchón, esposa del virrey español en Perú. Incapaz de contener las oleadas cada vez más fuertes de fiebre que no cesaban con los remedios habituales (sangrías), el médico de la corte le administró en 1638 una pócima elaborada con la corteza de un árbol que crecía en las laderas orientales de las montañas andinas. Mano de santo.

Cinchona officinalis.
Wikimedia Commons / Missouri Botanical Garden’s Rare Books Collection

El árbol era Cinchona officinalis, una de las varias especies de Cinchona utilizadas para la producción de quinina, un vocablo de uso universal derivado de quina-quina (medicina de medicinas) que los indígenas peruanos le daban a la corteza usada para amortiguar las llamadas “tembladeras”. La corteza de quinina contiene diversos alcaloides, cuatro de los cuales reputados antipalúdicos, que, si bien no acaban con la enfermedad, palían sus efectos febriles.

La cloroquina

Hace unos días, el epidemiólogo Vicente Soriano escribía sobre los «antivirales más prometedores frente a la COVID-19», entre los que incluía la cloroquina (CQ), una droga sintética que sustituyó a mediados del siglo pasado a la quinina como medicamento contra la malaria. Una y otra son miembros de la misma familia de las quinolinas porque comparten las mismas estructuras químicas.

En 1934 la alemana Bayer desarrolló la cloroquina por primera vez. Considerada al principio demasiado tóxica para uso humano, la molécula fue ignorada durante una década. Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando las tropas americanas comenzaron a operar en los trópicos, el Gobierno estadounidense financió una serie de ensayos clínicos que demostraron más allá de toda duda el uso médico del fármaco.

En 1947 se autorizó su uso en el tratamiento profiláctico, que no terapéutico, de la malaria, como se usaría también su derivada menos tóxica, la tan cacareada hidroxicloroquina (HCQ). Aunque ningún organismo oficial ha aprobado su uso para otras patologías, ambas también se emplean para tratar algunas enfermedades autoinmunes, como el lupus y la artritis reumatoide.

A pesar de su venta masiva y fraudulenta contra el SARS-CoV-2, solo pueden consumirse bajo prescripción médica. Esto es debido a que, además de que pueden producir problemas cardíacos, presentan algunas contraindicaciones y efectos secundarios que pueden resultar letales.

Está por explicar cómo las cloroquinas (o cualquier otro medicamento antipalúdico) funcionarían contra un virus. La malaria es causada por parásitos Plasmodium que son protozoos unicelulares y se transmiten por mosquitos. La pandemia de COVID-19 es causada por el virus SARS-CoV-2, que no es un protozoo y ni tan siquiera un organismo celular, y que es transmitido por vertebrados.

Sello impreso en Cuba en el marco de la lucha contra el paludismo que muestra la planta de la flor de la quina y la estructura de la cloroquina y la primaquina, circa 1962.
Mitrofanov Alexander / Shutterstock

El origen de la moda

¿Por qué se han puesto las cloroquinas de moda para combatir el SARS-CoV-2? Después del brote inicial del Síndrome Respiratorio Severo de Oriente Medio (MERS) en 2012, laboratorios de todo el mundo realizaron ensayos aleatorios de miles de medicamentos aprobados para identificar uno que pudiera bloquear la infección por el coronavirus causante del síndrome. Varios medicamentos, incluida la cloroquina, mostraron la capacidad de bloquear coronavirus in vitro. Pero estos medicamentos no continuaron ensayándose porque, en última instancia, no mostraron suficiente actividad para ser tomados en consideración.

Ahora ya son más de 70 las sustancias que se encuentran en análisis por su potencial contra el SARS-CoV-2. La que mayores expectativas despertó, a raíz de algunos estudios preliminares, fue la combinación de la hidroxicloroquina junto al zinc, dos sustancias conocidas y relativamente económicas.

Los virus ARN monocatenarios positivos incluyen muchos patógenos importantes de humanos y ganado, entre otros los coronavirus que producen el síndrome respiratorio agudo severo (SARS-CoV-1) y el de la actual pandemia (SARS-CoV-2). Esos virus han desarrollado una variedad de estrategias de replicación, pero todas ellas tienen en común que una polimerasa (RdRp) funciona como la enzima central de su maquinaria de síntesis de ARN.

Las polimerasas son enzimas capaces de transcribir o replicar ácidos nucleicos, por lo que resultan cruciales en la división celular y en la transcripción del ADN. Dicho de otra forma, sin esta fotocopiadora, la fábrica de replicación del virus dentro de una célula no funciona. Dada su decisiva función en el ciclo replicativo vírico, las polimerasas son objetivos clave para la investigación antiviral.

El papel del zinc

La polimerasa está embebida en un complejo asociado a la membrana de la célula hospedante formado a partir del ARN vírico y de proteínas procedentes del propio virus y de la célula hospedante. Desde hace diez años se sabía que el incremento de las concentraciones intracelulares del ion zinc, al interferir con la correcta formación de las proteínas virales (incluidas las polimerasas), dificultan eficazmente la replicación de varios virus ARN, entre otros los coronavirus. Además, el zinc también ayuda a reforzar las respuestas inmunes mediante la producción de citoquinas que modulan la actividad de las células del sistema inmune.

Para poder lograr el bloqueo de la replicación viral en el organismo, el ion zinc encuentra un muro que no puede franquear: necesita penetrar en las células, lo que no puede lograr por sí solo. Necesita un transportador bioquímico que le permita traspasar la membrana para replicarse en el interior celular. Los transportadores biológicos son los ionóforos, unas moléculas que generalmente sintetizan los microorganismos para transportar iones a través de la membrana celular.

Entre los ionóforos más utilizados en microbiología médica se cuentan los transportadores móviles que se unen a un ion particular, le abren la barrera de la membrana celular y lo liberan en el citoplasma.

En esa función transportadora es donde la cloroquina y la hidroxicloroquina desempeñan su papel principal como ionóforos que introducen zinc en la célula infectada. En este papel ni una ni otra tienen acción farmacológica: es el zinc el que actúa.

Marcelo Ricardo Daros / Shutterstock

No es menos cierto que a esa función transportadora se une la capacidad farmacológica de la cloroquina por sí misma. En ensayos clínicos multicéntricos realizados en China se ha comprobado que el fosfato de cloroquina tiene una eficacia aparente y una seguridad aceptable no como antivírico directo, sino porque ejerce una acción antiinflamatoria que reduce la tormenta de citoquinas que puede producir los problemas de neumonía asociados con la enfermedad COVID-19. Se ha observado que la cloroquina tiene un efecto antiviral frente al coronavirus, modificando el pH de unos orgánulos de la célula, los lisosomas, donde se multiplica el virus.

Cuando apareció el nuevo coronavirus, muchos medicamentos que habían mostrado alguna actividad contra los coronavirus MERS y SARS estaban en la línea de salida para optar a su evaluación como posibles tratamientos. Por eso, varios laboratorios de todo el mundo están investigando ahora esos fármacos y probándolos en ensayos clínicos. Actualmente no hay consenso sobre si son seguros y efectivos para tratar la COVID-19, porque todavía es muy pronto para sacar conclusiones.

Estamos todavía lejos de conseguir un medicamento o una vacuna para enfrentarse al SARS-CoV-2. Para conocer el papel terapéutico del zinc son necesarios nuevos ensayos clínicos bien diseñados y controlados que ayuden a pasar del terreno de las interpretaciones al de los hechos bien asentados.

Manuel Peinado Lorca es responsable del Grupo Federal de Biodiversidad del PSOE

José Miguel Sanz Anquela no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Fuente: The Conversation (Creative Commons)
Author: Manuel Peinado Lorca, Catedrático de Universidad. Departamento de Ciencias de la Vida e Investigador del Instituto Franklin de Estudios Norteamericanos, Universidad de Alcalá

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