- Impacto sanitario y salud mental global por COVID-19
- Vulnerabilidad y exposición
- Depresión: Una enfermedad médica compleja
- El tratamiento de la depresión: Actualidad y perspectivas
- Preguntas frecuentes
- Texto original (2020)
- La depresión, una enfermedad del cerebro
- Impacto socioeconómico del TDM
- ¿Qué causa la depresión?
- Presente y futuro de los tratamientos antidepresivos
Nota editorial (2025): publicado originalmente en 2020. Se añadió una versión estructurada con fines enciclopédicos. El texto original se conserva íntegro como parte del archivo histórico.
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Impacto sanitario y salud mental global por COVID-19
La crisis sanitaria provocada por el coronavirus ha tenido un efecto considerable en la salud física y emocional de la población mundial. Se anticipa que las consecuencias psicológicas, como trastornos de ansiedad y depresión, serán significativas no solo debido al alto número de fallecimientos, sino también por los momentos extremos en los que partes del público han visto cómo conmovían a sus familiares hasta el último momento.
Vulnerabilidad y exposición
Salud mental ante riesgos elevados: Las circunstancias excepcionales del aislamiento han complicado las condiciones emocionales de quienes se enfrentan con el miedo al virus y la presencia de factores estresantes como muertes familiares. Además, los trabajadores sanitarios son especialmente susceptibles por su contacto directo con pacientes infectados.
Depresión: Una enfermedad médica compleja
La depresión es un grave trastorno emocional, resultado biológico que atenta contra el bienestar humano. Su prevalencia y los costos laborales asociados han impulsado a investigadores mundiales en su estudio e intervención.
El tratamiento de la depresión: Actualidad y perspectivas
A pesar del alto número de casos, se observa un optimismo creciente. La actualización tecnológica ha permitido avances como el Estimulación Cerebral Profunda (ECP) que busca incrementar la actividad neuronal para mejorar el bienestar emocional.
- “La perspectiva optimista: Ahora más que nunca, frente al estancamiento del tratamiento de la depresión se aborda con una mirada hacia futuras mejores prácticas y esperanzas para los pacientes.” – Eldar Nurkovic / Shutterstock
- “El optimismo: Se presenta un nuevo horiz de desarrollo en el tratamiento de la enfermedad con una mirada hacia futuras mejorías e innovaciones terapéuticas prometedoras.” – Francesc Artigas Pérez, Profesor del Instituto de Investigaciones Biomédicas de Barcelona.
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Preguntas frecuentes
¿Cómo ha impactado COVID-19 en la salud mental global?La crisis sanitaria provocada por el coronavirus ha tenido un efecto considerable tanto física como emocionalmente, con consecuencias psicológicas significativas debido al alto número de fallecimientos y momentos extremos observados mundialmente.
¿Qué factores contribuyen a la vulnerabilidad en relación con el impacto mental del COVID-19?El miedo al virus, junto con estresantes como muertes familiares y el riesgo de contagio para trabajadores sanitarios por su contacto directo con pacientes infectados.
¿Cómo puede afectar COVID-19 a la salud mental individual?Existe una prevalencia significativa y costos laborales asociados, lo que ha llevado a un creciente reconocimiento de su impacto en el bienestar humano.
¿Cuál es la importancia actual del tratamiento para la depresión durante el COVID-19?A pesar del alto número de casos, hay optimismo creciente en torno al desarrollo tecnológico y terapéuticos como Estimulación Cerebral Profunda (ECP) que buscan mejorar el bienestar emocional.
¿Qué perspectivas futuras existen para la enfermedad depresiva?Las mejores prácticas y esperanzas crecen a medida que se avanza hacia nuevas innovaciones terapéuticas e investigación, mostrando un optimismo por el tratamiento mejorado en el futuro.
Texto original (2020)
Esta crisis sanitaria ha repercutido en la salud mental de la población mundial. Es probable que el COVID-19 genere trastornos psicológicos como ansiedad y depresión, además del gran número de personas fallecidas solo acompañadas por su cariño hasta el último minuto en circunstan0^a’s excepcionales. A pesar de que no se han producido muertes masivas debido al virus, la situación ha obligado a gran cantidad de personas a vivir solas o con sus propios familiares lo cual puede empeorar su estado mental ante riesgos elevados y escaseces. El personal sanitario ha sido particularmente vulnerable no solo por la exposión directa al patônico, sino también por las condiciones desagradables que han experimentado tanto durante el aislamiento como en sus interacciones con los pacientes. Este artículo se centra en la depresión, una enfermedad mental cuyo impacto socioeconómico global ha aumentado considerablemente desde el año 2005 debido a su alta prevalencia y los costos laborales asociados. La complejidad del cerebro humano la convierte en una herramienta biológica con funciones que son tanto maravillosas como destructivas, siendo la enfermedad mental uno de sus aspectos más notorios. Las causas de esta patologióa se remontan a factores geneticos y ambientales intrincados influenciando en gran medida su tratamiento, que ha evolucionado desde los antidepresivos ISRS hasta los recientes avances como la Estimulación Cerebral Profunda (ECP), basada en el incremento de actividad neuronal para mejorar el bienestar emocional. Mientras tanto, las alternativas emergentes y su potencial terapéuig son exploradas constantemente por los investigadores del mundo. Finalmente, se aborda la perspectiva optimista que surge ahora más que nunca frente al estancamiento en el tratamiento de la depresión con una mirada hacia futuras posibilidades mejorancias y esperanzas para los pacientes.
En esta crisis sanitaria que nos ha tocado vivir, una de las mayores preocupaciones es el impacto que el COVID-19 tendrá en la salud mental de la población. Muy probablemente, el coronavirus nos pase factura en términos de trastornos de ansiedad y depresión. No sólo por el gran número de fallecimientos, sino también por las circunstancias excepcionales de aislamiento en que parte de la población ha tenido que superar situaciones tan terribles como la muerte de sus allegados en absoluta soledad. Sin obviar que el personal sanitario ha sido el grupo de población más expuesto, y posiblemente el que más vea resentida su salud mental tras la pandemia.
La depresión, una enfermedad del cerebro
El cerebro humano es la herramienta biológica más compleja que existe, fruto de millones de años de evolución. Esa complejidad nos dota de funciones maravillosas, muy características de nuestra especie, como el lenguaje, la cultura, el arte o la ciencia. Pero también es un arma de doble filo que, cuando falla, origina patologías que se manifiestan en alteraciones de nuestro comportamiento. Algunas nos trastocan a nivel motor (enfermedad de Parkinson, ataxias cerebelares), otras a nivel cognitivo (autismo, demencias) y otras a nivel emocional (ansiedad, depresión).
Muchas personas sufren en algún momento de su vida depresión –o trastorno depresivo mayor (TDM)–. Se trata de una enfermedad mental grave caracterizada por un bajo estado de ánimo y tristeza persistentes, limitada autoestima y sentimientos de culpa. Además de pérdida de interés y placer en actividades habituales, trastornos del sueño y la alimentación, etc. En los casos más graves, este cuadro se acompaña de ideación suicida e intentos de suicido.
Impacto socioeconómico del TDM
El TDM tiene un alto coste socioeconómico en todo el mundo. Según el Grupo de Estudio de la Carga Global de Enfermedades, es una de las principales causas de años vividos con discapacidad a nivel global, con una carga creciente desde 2005 .
Este tremendo impacto se debe fundamentalmente a tres factores. En primer lugar, el TDM es una patología muy abundante en la población general, con prevalencias vitales de 10% y 20% en hombres y mujeres, respectivamente. Es decir, una de cada 5 mujeres y uno de cada 10 hombres sufrirán al menos un episodio depresivo a lo largo de su vida.
A esto se le suma que los episodios depresivos tienen una larga duración y suelen aparecer durante etapas productivas de la vida adulta, lo que ocasiona costes laborales muy elevados. Finalmente, los tratamientos antidepresivos (incluyendo la psicoterapia) son de acción lenta y dejan a un tercio de los pacientes con sintomatología residual, incluso después de tratamientos prolongados.
¿Qué causa la depresión?
Es fundamental eliminar el estigma que tienen las enfermedades mentales en nuestra sociedad. Y no perder de vista que el TDM tiene un origen tan biológico como lo tienen la hipertensión o la diabetes, por ejemplo. La principal diferencia es que la complejidad del cerebro dificulta enormemente la comprensión de las alteraciones subyacentes.
Las primeras teorías sobre su origen postulaban déficits de serotonina y noradrenalina, dos neurotransmisores usados en la comunicación interneuronal. Surgieron al observar que los primeros fármacos antidepresivos, descubiertos por casualidad (serendipia) cuando se buscaban fármacos antipsicóticos, inhibían la recaptación neuronal de uno u otro neurotransmisor, aumentando su concentración efectiva en las sinapsis.
A pesar que nunca se ha podido demostrar la validez de dichas teorías, han resultado muy útiles para el desarrollo de nuevos fármacos con el mismo principio de acción pero con menos efectos secundarios. Nos referimos a los denominados inhibidores selectivos de recaptación de serotonina –ISRS– y a los inhibidores de la recepción de serotonina y noradrenalina –IRSN–.
A estas teorías les han sucedido otras sobre alteraciones de factores tróficos como el BDNF (brain-derived neurotrophic factor), trastornos del eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (vinculado al estrés), de factores hormonales, de la neurogénesis en el hipocampo, de la neurotransmisión glutamatérgica, etc. Todas ellas reflejan aspectos parciales de una patología causada por una compleja interacción entre factores genéticos y ambientales, entre los que no cabe duda de que el estrés juega un papel fundamental.
Una interesante observación obtenida mediante técnicas de neuroimagen cerebral, y replicada por distintos grupos de investigación, es la existencia de una hiperactividad neuronal en zonas ventrales de la corteza cingulada. Concretamente el área 25 de Brodmann, en el lóbulo frontal de pacientes depresivos. Ese exceso de actividad desaparece tras tratamientos efectivos de diversos tipos, por ejemplo la Estimulación Cerebral Profunda, y persiste en los pacientes resistentes al tratamiento.
Saberlo abre la puerta a desarrollar modelos experimentales para ensayar fármacos que reduzcan dicha hiperactividad neuronal.
Presente y futuro de los tratamientos antidepresivos
Los fármacos antidepresivos actuales (ISRS, IRSN) poseen una acción lenta y una eficacia limitada. La razón se explica en dos brochazos. Aunque inhibir la recaptación hace que la serotonina (neurotransmisor clave para el bienestar emocional) aumente, las neuronas serotoninérgicas tienen un mecanismo de retroalimentación negativa (auto-receptores) que reduce la respuesta de las neuronas serotoninérgicas frente a ese aumento del neurotransmisor. Este mecanismo es, de hecho, una de las principales razones de la acción lenta y limitada de los antidepresivos.
La solución pasaría por bloquear parcialmente esa retroalimentación negativa. Lo malo es que también existen procesos adaptativos en zonas corticales y límbicas que contribuyen a enlentecer la acción clínica de los antidepresivos. Y es imposible intentar luchar en tantos bandos simultáneamente.
¿Existen tácticas alternativas? Parece que sí. En los últimos años se está viendo que ciertas estrategias basadas en modular la actividad del glutamato –el neurotransmisor más abundante del cerebro, de carácter excitador– producen mejorías rápidas en pacientes que no responden a tratamientos convencionales. Como por ejemplo la administración intravenosa de dosis subanestésicas de quetamina. Se trata de un antagonista glutamatérgico usado como anestésico y analgésico que, además, produce un efecto antidepresivo inmediato y persistente (hasta 1 semana de mejoría tras una única dosis) en pacientes resistentes a cualquier otro tratamiento.
Pese a sus efectos secundarios y al riesgo que comporta su potencial adictivo, la Food and Drug Administration de Estados Unidos autorizó el año pasado el uso de quetamina, administrada por vía intranasal, para pacientes depresivos resistentes a otros tratamientos, a fin de mejorar su calidad de vida y reducir el riesgo de suicidio.
Otra posibilidad nada desdeñable es recurrir a los neuroesteroides, que han demostrado rapidez de acción y eficacia en la depresión posparto.
Sea como fuere, está claro que, tras muchos años de estancamiento, estamos asistiendo a un cambio de paradigma que nos invita a ser optimistas. Y a pensar que es posible desarrollar fármacos antidepresivos que superen las limitaciones actuales y proporcionen nuevas esperanzas a los pacientes que no responden a los tratamientos convencionales.
En los últimos 5 años el grupo de investigación liderado por Francesc Artigas Pérez ha recibido financiación del Ministerio de Ciencia e Innovación, Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER), del Instituto de Salud Carlos III, Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental, CIBERSAM, Generalitat de Catalunya y Fundación Alicia Koplowitz. Asimismo ha sido investigador principal de acuerdos de colaboración con laboratorios Lundbeck sobre el mecanismo de acción de fármacos antidepresivos y antipsicóticos.
Fuente: The Conversation (Creative Commons)
Author: Francesc Artigas Pérez, Profesor de investigación del Instituto de Investigaciones Biomédicas de Barcelona, CSIC – Consejo Superior de Investigaciones Científicas
