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“Cuando fui a un table dance”

A principios de año acompañé a un grupo de amigos hombres a un table dance ubicado en el sur de la ciudad de México. Lo hice movida por la curiosidad periodística. En un afán por conocer de cerca a esas jóvenes que le bailan el agua a hombres henchidos de orgullo y  testosterona. “Tiene que ser por necesidad”, pensé. Mi tocaya, Claudia, confirmó lo que pensaba. Madre soltera de dos hijos, solo con ese trabajo podía mantenerlos. Esta joven de larga melena rubia y pechos ficticios nos hizo un pase privado por el que cobraba 500 pesos mexicanos. (La mitad es para el patrón). Se movía con delicadeza y sensualidad, dirigiendo los movimientos de las manos de su público. “La procesión y la profesión van por dentro”, pensé de nuevo.


Claudia concluyó el baile privado. Tomó agua y recibió al siguiente cliente. Todo bajo la supervisión de dos gorilas anclados en la puerta del piso superior del local de mala muerte. También nos dijo que ella no se iba con ningún cliente, que no era sexoservidora y que lo tenían prohibido por el dueño. Pero no siempre es así.

 

En México se calcula que cada año incrementa un 20 por ciento el número de jóvenes que se inician en este negocio tan lucrativo. En muchas ocasiones este ambiente está ligado a la trata de personas y a la explotación sexual infantil. Y la trata es parte importante de la cartera de negocios del narco. En marzo de 2015, el gerente de un table dance de Tijuana fue detenido por publicar en las redes sociales imágenes de algunas chicas en pleno espectáculo. En una de las fotografías se veía a dos bailarinas con cadenas al cuello caminando sobre la pista como si fueran animales.

 

Los hombres que me acompañaron al local de la ciudad de México no se mostraron de acuerdo con lo que me dijo Claudia. Que trabajaban por necesidad. “Les encanta la vida alegre y el alcohol”, comentó riéndose uno de ellos.

 

Qué equivocado está. Sin clientes no hay trata ni baile por necesidad.

Por: Mun

*Artículo publicado en el portal exyve.com

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Foto: Gregg Tavares | Flickr (CC)