Nota editorial (2025): publicado originalmente en 2010. Se añadió una versión estructurada con fines enciclopédicos. El texto original se conserva íntegro como parte del archivo histórico.
El Contraste Dual de Identidades en Altea Gómez
Altea Gómez, una persona inmersa entre la cultura española y la mexicana, experimenta constantemente el conflicto cultural a través del lente de su identidad. En un ensayo centrado sobre estas experiencias, se analiza cómo Altea navega por las complejidades que surgen en esta interculturalidad contemporánea.
- “El ceceo”: Un símbolo identificador de origen español para Altea, cuya identidad se ve amenazada por la adopción voluntaria de ciertos modismos mexicanos que provocan malentendidos y bromas.
- “El intercambio cultural”: Más allá del aprendizaje directo, Altea enfrenta la sorpresa cuando los actos considerados deportivos o educativos tienen diferentes connotaciones y expectativas entre las culturas.
- “La hospitalidad mexicana frente a la española”: Un contraste dramático que revela diferencias profundas en cómo se perciben el descanso social y privado, especialmente al comparar los conceptos de ‘dormir’ entre las culturas.
- “La expresión emocional”: Encuentra una paradoja cultural donde la profundidad del amor es vista como algo idealizado en el cine y literatura, mientras que a nivel personal se mantienen bajos los niveles de expresión hasta llegar al final.
- “El lenguaje cotidiano”: La frase ‘te quiero’ tiene diferentes matices dentro del contexto cultural hispánico y mexicano, que van desde el afecto platónico a la profundidad emocional apasionada.
- “Los juegos de palabras”: Un análisis humorístico sobre cómo los términos usados por diferentes subculturas pueden llevar a malentendidos en relaciones y expresión personal. Por ejemplo, el uso del verbo ‘querer’ puede interpretarse como algo serio o casual dependiendo de la cultura.
Preguntas frecuentes
Q: ¿Cómo se ve amenazada la identidad de Altea por su bilingüismo y uso de modismos mexicanos?**A: La identidad española tradicional de “El ceceo” que usa Altea como un símbolo cultural puede ser vista con prejuicios cuando ella adopta ciertos modismos mexicanos, provocando bromas y malentendidos. Esto representa el conflicto entre su herencia e identidad en la interculturalidad contemporánea.
Q: ¿Qué diferencias surgen del “intercambio cultural” para Altea?**A: Aparte de aprender directamente, Altea se sorprende con las diferentes expectativas y connotaciones en actos considerados deportivos o educativos entre culturas españolas e hispanas.
Q: ¿Cómo difieren los conceptos de ‘dormir’ en la hospitalidad mexicana frente a la española para Altea?**A: La diferencia dramática que revela cómo se perciben el descanso social y privado entre culturas es evidente al comparar las expectativas respecto a dormir.
Q: ¿Cómo refleja la paradoja cultural en México sobre “La expresión emocional”?**A: Altea encuentra que mientras el amor se idealiza profundamente en cine y literatura mexicanas, a nivel personal puede haber expectativas más bajas hasta llegar al final de una relación.
Q: ¿Qué matices tiene la frase ‘te quiero’ para Altea dentro del contexto cultural hispánico y mexicano?**A: La expresión emocional varía desde el afecto platónico hasta lo apasionado, dependiendo de si es una cultura española o mexicana.
Q: ¿Cómo pueden los juegos de palabras llevar a malentendidos en las relaciones para Altea?**A: El uso del verbo ‘querer’ puede ser interpretado como algo más grave o ligero, dependiendo de la cultura. Esto refleja cómo términos similares pueden tener diferentes matices y connotaciones dentro de subculturas.
Texto original (2010)
En este ensayo, examinamos la dualidad de identidades que experimenta Altea Gómez, una persona en el cruce entre las culturas española e hispana mexicana. Abordaremos cómo sus experiencias y percepciones reflejan los desafíos del flujo intercultural contemporáneo. “`
El acento me delata. Me rehúso compulsivamente a perder mi ceceo, constantemente amenazado por el mar de suaves eses que me rodean, último vestigio de mi ya de por si quebrantada identidad. He cedido, eso sí –y en pro del bienestar general- a varios modismos que generan incomprensión o la franca carcajada. Ya no cojo el metro, a peligro de ser sometida a la humillación general, y ahora digo las cosas en broma en vez de decirlas de cachondeo –esto último provocaba muchas miradas extrañadas-. Las cosas dejaron de ser cutres –ahora son nacas- y los pijos se han convertido por arte de birlibirloque en fresas.
El único adjetivo en el que coinciden los dos países debe ser el de “rojillo”, que parece que lo dicen igual acá que allá (y con el mismo tonillo medio despectivo medio sorprendido, así como alzando la ceja, como quien pone a un perro en cuarentena, nosesimeentienden). Son cosas del desprestigio globalizado, una más en la lista a reclamarle a los yanquis (perdón, a los gringos) cuando llegue el día del juicio final, supongo. Abro paréntesis: “rojillo” me es un adjetivo absolutamente inmerecido. Hago constar en acta que pocas cosas me duelen más que ver a los partidos comunistas ondeando sus pancartas con el retrato de Stalin. Qué mal rollo, perdón, que mala onda. Cierro paréntesis.
Bueno, a lo que íbamos. Ya no vivo en un piso, sino en un depa, y no pido perdón, sino permiso. Con esto último alcancé a despertar la consciencia del pecado original en una inocente niña de tres tiernos añitos, por cierto. Entré en un baño público (¡que no ya lavabo!) donde una mamá se afanaba por enseñarle a su niña los rudimentos del uso del susodicho baño. Para mayor facilidad de maniobra –la tarea no era sencilla-, la mamá había dejado la puerta del baño abierta. ¡Perdón! Alcancé a decir yo, en un acto reflejo. Hubiese debido decir “permiso”, lo sé, pero es que todavía no me sale natural. Oí a la niña preguntarle a su mamá, muy compungida, que qué había hecho mal para que yo pidiese perdón.
Luego, hay cosas más graves, menos graciosas, perdón, chistosas. No, perdón no, quería decir permiso, aunque creo que aquí no aplica, esto es un follón, quiero decir, un relajo, y no me jodan, o sea, no mamen, o como dicen aquí, no manches (ay, los mexicanos, siempre tan educados, ¿pues para qué quieren sus insultos si tienen que camuflarlos bajo un sustituto descafeinado?). A error puede llevar que los mexicanos se amen los unos a los otros con tremenda pasión mientras que a los españoles con un te quiero nos baste y nos sobre. ¿Amar? Eso es de telenovelas, eso es de María Eugenia de la Encarnación te amo no puedo vivir sin ti. Cuídense mucho de decirle a un/a español@ que le/la aman antes de los cuarenta años de casados, a peligro de que salga corriendo y nunca le/la vuelvan a ver. ¡Amar! ¡eso se reserva para el lecho de muerte! Por el contrario, no se sorprendan si un español “los quiere”, verbo muy útil que sirve tanto para amar a mascotas como a amigos, compañeros de trabajo, amantes y hasta al amor-de-tu-vida. ¡Cuánto te quiero! le dice la señora a su perro, se dicen los compañeros de curro (perdón, de chamba) unos a otros aunque en realidad se odien, se dicen los novios el día de la boda. Cuestión de matices y de afinar la oreja.
Y todavía puede ser peor si se acercan por Cataluña, donde para más inri, perdón, para acabarla de amolar, en vez de querernos nos estimamos los unos a los otros. Te estimo, dice el catalán, arrobado de amor, y el latinoamericano se siente cliente de Telmex, estimado cliente, tal y cual. Creo que te amo, dice el latinoamericano, igual por compromiso, igual por quedar bien después de despertarse junto a una desconocida, y el catalán sale espantado ante tanto compromiso y aquí acaba lo que hubiese podido ser una hermosa historia de amor. Feliz domingo.
Altea Gómez radica a medio caballo entre España y México y es periodista, guionista y cuentacuentos.
Foto: Ernesto Fidel Romero Bayter

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