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Vivamos nuestro idilio para siempre… | Historias de hojaldras y otros panes

23 mayo, 2011


Mil veces pensé en cómo escribirte esta carta. Me sentaba en el pasto en el parque donde tuvimos nuestra primera cita, garabateaba algunos trazos e intentaba poner el letras todo lo que siento cuando estamos juntos. Nunca he sido del tipo cursi, más bien me considero seco y huraño, así que la primera vez que sentí la necesidad de decirte un “te quiero” me tomó por sorpresa y no supe cómo reaccionar.

La verdad es que en la escuela nunca tuve suerte para las chicas, yo era el clásico estudiante “estrella” que se preocupaba por hacer tareas y trabajos extras. Sí, pertenecía al cliché de lentes enormes de pasta, torpe para los deportes y experto en matemáticas.

Sí, ese era yo. El que te observaba en silencio, el que se ofrecía a hacerte las tareas. El que suspiraba por que le sonrieras una sola vez antes de la clase de deportes. El tímido que mandaba cartas y flores en San Valentín con algún seudónimo. Ese que en tu cumpleaños te llevaba serenata, yo tocando la guitarra con dos amigos más, hasta que tu papá salía mal encarado para decirnos que no estabas y que estábamos molestando a los vecinos.
No podía creer cuando te acercaste con esa gran sonrisa. “Hola, necesito un acompañante para el nuevo museo de arte y me han dicho que esa es tu especialidad. Quieres venir conmigo?”. Yo era de lo único que no sabía, de arte. Pero con tal de salir contigo, tartamudeando dije que sí. ¿Sabes? Con el paso de los años me hice tosco, duro. Pensé que no había mujer alguna lo suficientemente inteligente como para que yo quisiera platicar con ella. Todas habían marcado mi camino con un corazón roto y una patada al charco de lodo. Hasta tú.

Así que desarrollé un sentido irónico para ver la vida, alejándolas cuando en realidad quería acercarme a ellas. No sabía cómo sostener una conversación para “ligarlas”. Eso dejó de interesarme hace mucho. Me enfoqué en mi trabajo y en volverme el mejor en todo. Secretamente enamorado de ti siempre. Viví todos tus novios, fui tu confidente hasta en las relaciones más enfermas que tuviste.

Esa visita al museo nos cambió la vida. Descubrí una mujer inteligente, hermosa, con ganas de aprender. Te dejaste seducir con mis tan ensayadas técnicas (jamás usadas). Todo contigo es un hermoso descubrimiento. No sabía a qué sabían los besos hasta que los probé en tus labios. Cursiladas como esas se me escurren a diario y tengo que contenerme, para no empalagarte hasta la muerte.

Pero con esta carta, que seguramente descubrirás mientras estás entre mis labios y mis piernas, quiero pedirte que sigamos juntos hasta que ya no podamos más. Quiero pedirte que te cases conmigo bajo las leyes que tú quieras y vivamos bajo nuestro propio régimen. Ya no concibo amaneceres sin tu boca, ni deseo noches sin tus lunas. Cásate conmigo y vivamos nuestro idilio para siempre. ¿Qué dices?

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Foto Picturepurrfect685 (CC) Flickr!