Vivir el terrorismo I

Imagen del atentado del Hipercor (Barcelona, 1987) que causó 21 víctimas mortales

Terrorismo, ¿qué es eso? Una palabra peligrosa, de doble o triple filo, que los medios usamos tal vez sin pensar mucho en ella, como quien da algo por sentado. En mis tiempos (caray, ya parezco vieja) terrorismo solía significar otra cosa. Ese –ismo afiladísimo que cierra la palabra implicaba una ideología detrás del uso del terror. Y ese terror, y esa ideología, la vivíamos los españoles día tras día. Eran tiempos en los que nadie quería vivir cerca de un cuartel por el riesgo que ello implicaba. Tiempos en los que cualquier aviso telefónico de bomba en una escuela –por risible que sonara, y aunque pareciera a todas luces la voz de un niño sin ganas de ir a clase- se tomaba al pie de la letra. Las escuelas se evacuaban sin chistar al primer timbrazo de teléfono. Eran tiempos en los que todavía no se usaba el concepto de “víctimas del terrorismo”. No. Eso vino después.

ETA era otra cosa. Terroristas a la antigua, con un estricto código que todos los españoles –hasta los más pequeños, yo incluida- conocíamos. Norma número uno: por norma general, ETA  no ataca a civiles (pero si a políticos). Norma número dos: cuando lo hace, siempre da un aviso para desalojar el lugar, porque su lucha no es contra los civiles. Desde luego, los accidentes ocurrían, y los civiles morían, pero eso era considerado –para ETA- como “daños colaterales”. ETA tenía entonces –todavía- un aura de prestigio, una legitimidad difusa que nacía de sus raíces en su lucha contra Franco.

Decir eso hoy en día casi da miedo. En la ley española, existe ahora el amplio concepto de “apología del terrorismo”. El etarra De Juana Chaos (ahora prófugo) tiene cuentas pendientes con la justicia española por haber dicho, en un discurso, “aurrera bolie”: adelante con la pelota, en euskera. Los jueces interpretaron que con ello estaba incitando a continuar con la lucha armada. Posiblemente era cierto. Sin embargo, utilizó una metáfora para decirlo: no lo dijo textualmente. Y cuando hasta las metáforas son criminalizables, la cosa empieza a dar miedo. Por otra parte, la justicia española ilegalizó todos los partidos políticos vinculados con ETA (cerrándoles así el paso a conseguir sus objetivos por la vía política) pero permitió que los partidos políticos falangistas (con más que evidentes vínculos con el régimen franquista) continuaran en la vida política –aún cuando sus objetivos contravengan los ideales democráticos-. De ello resulta una situación bastante paradójica: mientras que ETA usa medios violentos (estándole, además, prohibido explícitamente el uso de los medios políticos tradicionales) para conseguir un fin democrático en sí mismo (la independencia del pueblo vasco), a la falange española le está permitido usar medios democráticos (participar en las elecciones) para conseguir un fin violento (la re-instauración de un régimen de ideario franquista).

No debe resultar extraño, pues, que me sienta obligada a incluir una aclaración en este texto. En España es suficiente que un partido político vasco no condene explícitamente la violencia de ETA (decir que lo lamenta no es suficiente: debe repudiarlo hasta la última coma) para que el partido en cuestión sea ilegalizado ipso facto. No hace falta, pues, para ilegalizar un partido, que éste apoye los métodos de ETA, sino simplemente que no los condene con suficiente contundencia. Tal como está el patio, pues, y por miedo (si, ¡por miedo!) a que se malinterpreten mis palabras, hago un inciso aquí para dejar claro que en ningún caso defiendo el uso de la violencia. Como quizá ni siquiera esto resulte lo bastante claro, afirmo además que condeno el uso de la violencia. Afirmo que con o sin ideales tras ella, considero que el uso de la violencia –¡en cualquier bando!- y en especial el uso del asesinato, es un acto totalmente inaceptable e injustificable. Quitarle la vida a alguien es algo terrible. Sin embargo, afirmo también que condenar la violencia no cambia el hecho de que haya grupos sociales que continúen ejerciéndola. Negar el árbol no hace que el árbol desaparezca. Por lo tanto –y mientras el uso de la violencia continúe tozudamente sin desaparecer por más que cerremos los ojos y la condenemos- debemos tratar de hacer nuestro máximo esfuerzo para comprender cómo y por qué se generan tales estrategias violentas, cómo y por qué reciben apoyo social y también cómo y por qué este apoyo, tal como ha llegado, puede un día desaparecer, como ocurrió en España.

Aún en los años ochenta, el concepto de “víctimas del terrorismo” no existía. Al menos no existía mediáticamente. Los familiares de aquellos que habían muerto a consecuencia de las acciones de ETA llevaban su pena en silencio, casi como si fuera una vergüenza. ¿Por qué? En aquellos tiempos, ETA conservaba todavía un gran apoyo del pueblo español, apoyo que fue disminuyendo a lo largo de los años. Porque gran parte del pueblo español –a pesar de la tan cacareada transición- no sentía mucha simpatía ni por sus políticos ni –¡mucho menos!- por unas fuerzas armadas y de seguridad cuya dignidad había quedado manchada irremediablemente después del golpe de estado de 1936 y había acabado de embarrarse completamente tras las horrendas prácticas de violencia utilizadas sistemáticamente por el régimen franquista contra sus detractores. Cuando ETA asesinó en uno de sus primeros atentados al inspector de policía Melitón Manzanas en 1968 la alegría de muchos españoles fue grande. Manzanas había sido colaborador de la Gestapo y un conocido torturador. Cuando ETA, en su acción más sonada, voló el coche de Carrero Blanco en 1973, la alegría de muchos españoles no fue grande, sino enorme. ETA ponía en jaque a Franco y fue así como se ganó, si no el respeto incondicional, al menos si el apoyo moral de los españoles que repudiaban el franquismo –que eran muchos-, apoyo que todavía tardaría muchos años en perder. Y cuando Franco, durante el proceso de Burgos, condenó a muerte a varios etarras, la sociedad española salió a las calles para pedir clemencia. Y la obtuvo.

Franco murió. ETA sufrió varias escisiones, y muchos de los que hasta entonces la habían integrado se distanciaron de las estrategias violentas e integraron partidos políticos. Una parte de ETA (la llamada ETA-militar) continuó, sin embargo, con sus acciones violentas. Yo no había nacido todavía. Nací más tarde, a tiempo para resentir el gran atentado del Hipercor (un coche bomba en el párking subterráneo de un gran centro comercial en Barcelona), que fue tal vez el primer signo de que los tiempos estaban cambiando. El modelo empresarial -¿los inicios del más crudo liberalismo?- puso en jaque a ETA. ETA avisó –como hacía siempre- de la presencia de un coche bomba, pero Hipercor no evacuó el centro comercial. La lógica del beneficio empresarial aplastó por goleada a la solidaridad moral –que imperaba hasta entonces- y el centro comercial continuó abierto. Tampoco evacuó el centro la Guardia Civil –que también había recibido un aviso-. Y cuando el coche explotó…bueno, cuando el coche explotó una bola de fuego recorrió el párking y carbonizó a veintiuna personas. De eso me acuerdo muy bien, porque mi madre y yo teníamos que ir a comprar ese día a Hipercor y aparcábamos siempre en el párking subterráneo. Desde entonces, el olor de estos párkings me da nauseas y siento un miedo visceral cada vez que toca aparcar el coche allí. Todavía hubo quien culpó a Hipercor por su responsabilidad al no haber avisado (y sin duda eran responsables en parte), pero los tribunales dictaron por primera vez que el estado había tenido una parte de responsabilidad –y que debía indemnizar a las víctimas- porque la Guardia Civil no evacuó el lugar. La matanza de Hipercor dejó una huella indeleble en nuestros corazones. Y España dudó.

Luego vino la debacle de ETA.  En 1997 ETA secuestró a un joven concejal del Partido Popular e hizo un ultimátum: o el gobierno de Aznar acercaba a los presos de ETA al País Vasco, o el joven concejal moriría. Su nombre era Miguel Ángel Blanco. De repente, la sociedad española sintió un violento nudo en el estómago. Yo lo sentí, claro y preciso como un hachazo. Me costó mucho dormirme esa noche. Pensaba en Miguel Ángel, en qué debía estar sintiendo, en si sabía que iba a morir. No sentía yo ninguna simpatía por el Partido Popular (al fin y al cabo, mi familia es de izquierdas. Confieso que Aznar nos caía muy mal) pero sabía ya, a mis trece años, que el gobierno de Aznar no cedería al ultimátum de ETA. ¡Y Miguel Ángel Blanco era tan joven! ¡Un don nadie! ¡Si hubiese sido al menos un ministro! Si hubiese sido alguien importante tal vez las cosas habrían sido distintas. Pero solo era un chiquillo, concejal de un pueblo diminuto. ¿Qué culpa tenía él de las políticas de su presidente?

Y entonces España entera, en un gesto memorable que nos honra como pueblo, y a sabiendas de que Aznar no cedería, se volcó a las calles para pedirle a ETA que salvase a Miguel Ángel. España salió a la calle y literalmente le suplicó a ETA la gracia de perdonarle la vida. Y creímos –si, lo creímos- que ETA escucharía. Porque nos lo debía. Quisimos creer que si Aznar no tenía corazón, al menos ETA si lo tendría. No fue –como nos han querido contar después- la primera manifestación contra ETA. No. Fue una súplica. España llamaba a ETA y le decía: nosotros os salvamos cuando Franco quiso ejecutaros. ¡Escúchanos ahora! ¡Perdonadle la vida a Miguel Ángel! Pero ETA no escuchó y asesinó al concejal. Dos tiros en la cabeza. Lo encontraron agonizante y murió horas después en un hospital. Y con Miguel Ángel Blanco murió algo más íntimo, más profundo. Resulta difícil nombrar qué es lo que murió exactamente. Un pacto jamás escrito de mutuo respeto, tal vez.

Fue tal vez el error más grave que cometió la organización terrorista. ¿Creyeron acaso que no necesitaban el apoyo del pueblo? ¿Tan grande fue su soberbia como para pensar que podían ejercer la violencia sin contar con el apoyo moral de la sociedad? Fue el principio del fin. Luego, a ese movimiento, a esa súplica generalizada, le pusieron un nombre: el espíritu de Ermua (la localidad de donde era originario Miguel Ángel Blanco). Y comenzaron las distinciones a las víctimas del terrorismo, comenzaron las manifestaciones masivas de rechazo. ETA se convirtió en algo ajeno a los españoles. Sus atentados comenzaron a provocar una repulsa generalizada y perdieron sentido para gran parte de los españoles. En mayo de 2010 el Euskobarómetro revelaba que menos de un 1% de la población vasca apoyaba incondicionalmente a ETA. Un 3% apoyaba a ETA, aunque era crítico con sus errores. Un 12% apoyaba los fines de ETA, pero no los medios usados, y otro 12% más decía haber apoyado a ETA en el pasado, pero no en la actualidad. El rechazo total, de un 62% de la sociedad vasca, era mayoritario.

Así lo viví yo, por lo menos, y así lo cuento.

Altea Gómez radica a medio caballo entre España y México y es periodista, guionista y cuentacuentos.

Foto: oidossordos

Autor: LQSTV

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